Segunda Palabra


Te oprime el cansancio, la cruz, el viento
y hasta el simple frescor de la mañana,
se hunde entre tus sienes doloridas,
apagando el fulgor de tu mirada.

Sigues ahí, envuelto entre murmullos
entre luces de odio y de revanchas,
ya no sabes si son tus pensamientos
o es el cielo, que dicta tus palabras.

Por encima de todos, un aliento
se esfuerza, se encumbra, se desata
y arreciando su voz entre mil gritos
con insultos y desprecios, te demanda.

Tu no quieres oir sus desvarios,
no deseas callar sus amenazas,
pues sabes que es reo, como tú.
Compañero de muertes apagadas,
y comprendes que el peso de la cruz
enloquece, desespera, desbarata…

Más, otra voz suege a tu costado.
Otro anhelo emerge de la nada
y alzándose en un postrer esfuerzo,
increpa del otro sus palabras,
mientras, callado, eleva a ti sus ojos
en señal de respeto y de plegaria…

Tu rostro adquiere un nuevo acento.
Tu voz se llena de mañanas,
y volviéndote un nuevo peregrino
del amor, del perdón, de la esperanza,
abres tu corazón y tus heridas
a quien anhela la paz que hay en tu alma…

Y le ofreces fortaleza en el dolor.
La fe en el hombre, el tesón y la templaza
y la promesa eterna de tus labios,
cuando la muerte apague su mirada:

En verdad, en verdad, yo te lo digo, hoy estarás conmigo en mis moradas…

Textos escritos por el hermano Juan F. Abellá.