Tercera Palabra



Mujer, he ahí tu hijo
desterrado en agonía
de sentir sobre tu cuerpo
el dolor de tus heridas.

Con su rostro ensangrentado
en huracanes de brisas
que despedazan silencios,
soledades compartidas.

Con sus palabras al viento,
perdiéndose a la deriva
de una mar oculto en tinieblas
y oleajes fraticidas.

Tu sangre busca sus venas
para darles nueva vida.
Tus ojos buscan sus ojos
y su anhelo, tus caricias.

Tu llanto cubre su alma
que se acurruca aterida
entre recuerdos y nanas,
mocedades y alegrías.

Hijo, de ahí a tu madre
esbozando una sonrisa
entre lunas apagadas,
sobre tu faz dolorida.

Con su llanto entrecortado,
entre ilusiones valdías
por retener en sus brazos
un segundo de tus días.

Con la pena en sus entrañas
y en su corazón la espina
de ver al hijo que muere
abrumado de injusticias.

Tu rostro busca en su aliento
las fuerzas que te marginan
entre destellos de sombras
y ocasos de luz marchita.

Tu voz busca en sus palabras
el consuelo que precisas
para seguir sobre el cielo,
atragantado de insidias.

Y antes de entregar al padre
tu último aliento, te inclinas
y de tu rostro sereno
una lágrima perdida,
sobre el llanto de tu madre
sin querer se deposita…

Y en ese abrazo postrero
de tu muerte con su vida,
le entregas junto a tus años
una herencia compartida:
que sea para los hombres
el refugio en la fatiga,
el consuelo, la esperanza…
tu presencia siempre viva.

Textos escritos por el hermano Juan F. Abellá.