Paso de la Séptima Palabra


La mañana de Viernes Santo del año 2014, nuestra cofradía celebró, su septuagésima quinta salida procesional. Para conmemorar esta efeméride, la junta de gobierno decidió incorporar al patrimonio de la misma un nuevo paso procesional.

La Palabra elegida para este nuevo paso fue la séptima: Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu. Por la grandeza e importancia del evento a celebrar, se eligió para realizar esta obra al que se podría considerar como el mejor imaginero cristífero de nuestros tiempos, el escultor y Doctor en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla, D. Juan Manuel Miñarro López.

El momento representado es el instante en el que Jesús, llegando a su fin, pronuncia su Séptima Palabra desde la Cruz. Cristo habla por última vez con su Padre, en esta ocasión para entregar su alma a Dios, justamente en el instante anterior a morir por todos los hombres. El Evangelio de San Lucas nos narra así el pasaje (Lc 23, 44-46):

…Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. El velo del Santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» y, dicho esto, expiró.

Esta Séptima Palabra de Jesús podríamos decir que tiene dos partes o aspectos: Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu y este otro: Amigo en vuestras manos deposito mi tarea. Porque ahora, la misión consiste en que la Fe se mantenga, que el amor siga ardiendo y que la alegría se extienda en el mundo.

Ello nos lleva a pensar en un Jesús pronunciando esa última Palabra desde su Cruz, mirando al cielo, hablando con su Padre. Un Jesús con el semblante, aunque destrozado por el dolor y agotamiento físico que durante horas le ha sido administrado por su verdugos sin pizca de compasión, en el que se ha de mezclar ese gesto de dolor con la expresión de paz y amor que seguro sintió en el momento de entregar su espíritu al Padre y cumplir con su misión salvadora. Jesús, como no podía ser de otra forma, llega hasta el final por nuestra salvación y su último hálito de vida es para entregar su alma a su Padre.

Se trata de una imagen de Cristo en la Cruz, de tamaño natural (altura aproximada de la imagen, desde la parte superior de la cabeza hasta la punta de los pies, de un metro ochenta centímetros) y de tres clavos. La anatomía de la talla y el estilo están basados en la escuela sevillana de los siglos de oro de nuestra imaginería. El Cristo está tallado en madera de cedro y ensamblado en hueco para evitar un exceso de peso y una mejor conservación futura.

La cabeza está tallada sin corona de espinas, añadiendo una corona removible de espino trenzado. El paño de pureza es cordiforme, al modo de las imágenes de Juan de Mesa, o en general basado en la iconografía del Crucificado de la Escuela Sevillana.

El rostro de una imagen de Cristo agonizante en la cruz es de especial interés plástico, ya que debe reflejar un profundo realismo que conmueva y provoque la devoción. Para conseguirlo, el autor ha utilizado algunos recursos técnicos especiales, como la realización de una boca representada con dientes visibles de marfil y ojos expresivos elevados al cielo.

La policromía de la imagen es al óleo pulimentado con vejigas o coretes, según la tradición sevillana.

La madera elegida para la cruz fue de pino de Flandes. Dicha cruz es arbórea, como las típicas del barroco y proporcionada a la medida de la imagen, contando con una altura total aproximada de cuatro metros. El remate de la estipe lleva el rótulo o INRI en los tres idiomas de la época: latín, arameo y griego. Dicho rótulo, realizado sobre pergamino, va prendido en una tabla rectangular.

La greca que rodea el paso muestra en cada uno de los lados diferentes cuadros de la Revelación siendo Cristo el centro de la historia de la Salvación, tal y como nos dice la escritura. En el frontal del paso aparece la escena de la Creación, y en la parte posterior del mismo una escena del Apocalipsis. Al este del Cristo se ha reresentado el milagro de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-9). Mientras que en lado opuesto, con encontramos con la representación del pasaje de las bodas de Caná (Jn 2, 1-11).

Además de estas escenas bíblicas que dotan a la greca de un especial significado iconográfico, podemos ver otros elementos decorativos. La letra Alfa con la luna, como principio de la Creación. La Omega con el sol, Cristo como luz plena que ilumina nuestra vida. El águila, representando a san Juan Evangelista, patrón de la Cofradía. Y finalmente, la Virgen del Pilar, María como madre de Dios y madre de la Iglesia, por tanto madre nuestra.

En cuanto a la carroza decir que está preparada para poder portar el paso tanto con varales como a ruedas. Siendo llevado por cuarenta hermanos a hombros en la mañana del Viernes Santo y a ruedas en la procesión del Santo Entierro, ese mismo día al atardecer.

Una vez concluida la Semana Santa y desmontado el Cristo del paso, éste es depositado en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, donde está expuesto al culto durante todo el año, en la capilla de san Pedro Arbués.